A lo mejor no querrá reconocerlo, pero no hay ningún asunto que le deje a usted tan expuesto como el del noviazgo y el matrimonio, y no hay ningún otro aspecto de la vida para la cual requiere tanta orientación divina. Lo que hace en este sentido no sólo va a hacer o deshacer la vida suya, sino la de otra persona también.
Usted no escogió a su papá o su mamá ni a sus hermanos. Estas relaciones son suyas sin que haya hecho elección alguna. Y, vamos a mencionar de paso un punto en cuanto a esto: Cualesquier que sean las desventajas, los problemas o las dificultades que surjan de estos nexos hereditarios, podemos estar enteramente seguros que el hijo de Dios puede contar con la gracia de Dios para permitirle vencerlos. Todas las cosas, incluyendo la situación en la familia de uno, nos ayudan a bien, ya que somos llamados conforme al propósito de Dios. El nuevo nacimiento, y la herencia que trae, sobrepasa toda la carga de una heredad natural. Si usted es un hijo de Dios, es un heredero de Dios, coheredero con Cristo, y como tal puede más que vencer las desventajas que su heredad natural le haya dado.
Pero vamos a volver. Hay un nexo, un parentesco, que sí es por elección propia. Un hombre escoge a su esposa; una mujer escoge a su marido. Por esto el peligro.
Fue la voluntad suya que le causó alejarse de Dios cual oveja errante; fue la voluntad suya que le hacía desobedecer la ley santa y justa de Dios; fue la voluntad suya que le hacía un enemigo en su mente y le hubiera conducido al infierno; fue la voluntad suya que le impedía entregarse a Cristo como Señor. Sí, ha sido el ejercicio de su propia voluntad que ha dado lugar a tanta discordia, y si no fuera por la intervención de la soberana gracia de Dios, esa voluntad hubiera echado a perder su vida tiempo atrás. Por cierto, fue el hecho que otra voluntad, ajena a la de Dios, se hacía oir que ha causado toda la tristeza, toda la aflicción, toda la contienda que hay en este mundo azotado por el pecado.
El cielo es el trono de Dios, y el cielo es el cielo porque allí se hace la voluntad de Dios. En la relación matrimonial la voluntad humana interviene, porque el casarse o no es cuestión suya. La voluntad suya, aparte de la gracia de Dios, puede conducirle por sendas que no son las que Dios quiere. Sus caminos no son nuestros caminos, fue el mensaje a Isaías.
Allí yacen las rocas que han hecho naufragar a muchos. Una vez salvo, convertido, no le queda a uno en esta vida otra decisión tan importante como la del matrimonio. En ésta usted necesita toda la dirección y toda la protección que sólo la gracia de Dios puede dar. Su Padre celestial está del todo dispuesto y deseoso a dársela.
Extraido del libro «Noviazgos y Matrimonios» de los autores: L. E. Linsted, H.E. Marsom, N. R. Thomson y David R. Alves.